jueves, 12 de octubre de 2017

Si estoy borracho, qué me importas.

Encontré una hora oculta
secreta entre las agujas
de un reloj que no se movía.

En ese momento eras escoria,
pero que importa si hay ginebra;
estoy bebido y no hay puerta
de emergencia en este antro.

Las nubes me abrazan las mejillas
mientras caigo al suelo desplomado,
pero suena música que me inunda.
Por mi puede irse todo al carajo;
si estoy borracho qué me importas.

Un borracho triste.
Uno que palpita.
Uno que ríe y gira.
Que se tambalea mirando
fijamente a tus ojos.
Y te graba en las pupilas
su extraño coctel
de amor y odio.
Y te abraza.
Y cae.
Y sueña.

«Menuda forma de volver tiene el Palacio. Gracias.»

lunes, 7 de agosto de 2017

Cuando abracé el vacío de la noche.

Hace poco en un delirio,
caminé entre los bosques
y entre ríos y matorrales,
y poco a poco me fui helando.

Primero fueron los capilares
los que dejaron de sentir,
luego las cuatro extremidades,
luego el pecho; luego fin.

La cabeza me temblaba, dolía
y no dejó de entumecerse.
Los labios morados probaron el hielo
de la saliva congelada al nacer.

El cielo cayó como una emboscada
sobre mi pobre y tierna piel,
hasta que no dejó de ella
ni los huesos que la aguantaban.

Cuando abracé el vacío de la noche
al rato lo llenaron las estrellas,
porque si miras entre ellas
como por arte de magia aparecen más.

Y en un triángulo de estrellas
había una que se retorcía
como rabiosa entre otras dos;
como agarrada a dos cadenas.

Un resplandor en el borde del ojo,
y pareció derramarse el cosmos
sobre ese techo que me envolvía
y me acunaba entre sus brazos.

No hubo por qué temer la noche;
alumbrado por esa brillante jauría
que desterró toda la pena.

lunes, 12 de junio de 2017

La patética pataleta de mi yo (roto).

Con las ojeras de pensar demasiado
veo ponerse el sol sin prisa ni ganas,
como el que ve hundirse un anillo en el río
o un recuerdo ya olvidado.


El día a día parece una broma.
¿Pero acaso hay mejor máscara,
para ese chiste de mal gusto,
que una sonrisa bien afilada?


El deseo de llevarme la soga al cuello;
la patética pataleta de mi yo, roto,
no es mas que otro torpe ejemplo
de una forma de perder el control.


Vivir por vivir, luchar por no morir.
Es aferrarse a un clavo al rojo
que te calienta el corazón
justo para no dejarte helado.


Pero no conozco otro camino
que el de ver como se desmorona
el castillo de arena sobre el que ando,
subyugado a las olas del mañana;
convirtiéndose en sucio barro.



Hay veces en las que ni yo misma tengo fuerzas
para reconstruir el Palacio.

El ciervo herido.

Gracias al Palacio que intenta salvarme
aún siendo demasiado tarde:


Lloro por la sangre que baja por tus piernas;
por tus noches solitarias y calladas,
por el ruido ensordecedor de tu cabeza.

Lloro por tus ojos cansados
que no temen al océano que se los traga
para forzar a veces una sonrisa falsa.

Tengo cuidado de no ahuyentar
al ciervo herido en que te has convertido
por correr sola entre los cristales.

Pero si no fueras tan testaruda,
yo no sería tan incansable;
si solo no te quedaras sola
cuando huyes de los miserables...

No lloraría por tí de noche;
no temería que caigas al suelo
y contra el mundo te destroces.

domingo, 11 de junio de 2017

Suerte que siempre nos recoges.

A este Palacio sempiterno 
no lo detienen ni los huracanes.



Es por ti que quiero llorar
y no sé explotar a tiempo.
Por ti sé amar como un niño,
por ti puedo seguir;
y me quiero acabar.


Cómo te voy a abandonar
si me has enseñado a amar.
A veces te veo tan cansada,
que parece que te vas a derrumbar,
y sin embargo esas ojeras me conmueven;
sigo sin saber muy bien como sigues adelante.


Yo aquí, agarrándome a una rosa ardiendo
y a ti no te detienen ni lo huracanes. 

Cómo voy siquiera a seguirte,
si me llevas la delantera desde hace años.


No, no eres perfecta,
de hecho a veces estás loca;
pero quizá por eso te quiero. 

Porque abro la ventana 
y siempre has estado ahí,
sentada en el saliente
dispuesta a acompañarme.


Con esa sonrisa triste
que apena a las golondrinas
y las hace caer al suelo.

Suerte que siempre nos recoges.


¿Que puedo decirte?
A veces te he odiado, siempre me has perdonado,
pero nunca he querido a nadie más que a ti. 

Así que gracias, por hacerme volar
y ver que había algo mas allá de las ruinas.


¿Que te voy a decir?
Sigo esperando a que te lances por fin. 

O quizá estás esperando en tu jaula
a que venga embriagado a sacarte.


Nos hemos apuñalado, nos hemos amado,
y apenas puedo resumir en palabras
lo amargo que ha sido el camino;
pero lo he disfrutado tanto...



Quizá nos separemos, y te diga adiós,
y te recuerde con una lagrima
saboreando en los labios
la sal de nuestros llantos.


Pero al menos habremos bailado,
habremos aprovechado un final.

Fingiremos que nos vamos a separar.
 
Pero en secreto te estaré pensando,
esperando a verte de nuevo.

martes, 16 de mayo de 2017

Tu olor a tinte y nervios.

Ahora que estoy bajo tus ojos
inquisidores y verdugos, fijos,
me pregunto si es un sueño
o si estoy en un delirio.

Nosotros ya sabemos
que nuestros labios se entienden,
sin articular un sonido
más que un vaho en el aire.

Pero un leve gemido en la tarde
no va a derribar esta casa
donde el reloj se para;
sin seguir una regla exacta.

Ya no hay techo, ni hay paredes.
Solo piel que se retuerce
entre sangre efervescente,
que me asfixia y me embriaga.

Es un recuerdo tan potente,
que tu olor a tinte y nervios
despertó al leon dormido
que esperaba entre mis dientes.

Escóndete los miedos donde puedas
o cabálgame como un jinete;
pero aquí no hay escapatoria
a gritarme lo que sientes.



Siempre supe, que dentro de El Palacio, habitaba un león.