martes, 16 de mayo de 2017

Tu olor a tinte y nervios.

Ahora que estoy bajo tus ojos
inquisidores y verdugos, fijos,
me pregunto si es un sueño
o si estoy en un delirio.

Nosotros ya sabemos
que nuestros labios se entienden,
sin articular un sonido
más que un vaho en el aire.

Pero un leve gemido en la tarde
no va a derribar esta casa
donde el reloj se para;
sin seguir una regla exacta.

Ya no hay techo, ni hay paredes.
Solo piel que se retuerce
entre sangre efervescente,
que me asfixia y me embriaga.

Es un recuerdo tan potente,
que tu olor a tinte y nervios
despertó al leon dormido
que esperaba entre mis dientes.

Escóndete los miedos donde puedas
o cabálgame como un jinete;
pero aquí no hay escapatoria
a gritarme lo que sientes.



Siempre supe, que dentro de El Palacio, habitaba un león.

lunes, 1 de mayo de 2017

Si matas a la mariposa.

Aparece en mi vida desordenándola,
como alguien que busca algo
en una habitación, demasiado nervioso
para ordenarla antes de irse.

Me rompe los esquemas
evocando la bravura de los cobardes,
y me esquiva lascivo
como si fuese alérgico a mi piel.

Mi miedo incontrolado a expresarme le repugna;
o quizás soy yo la que lo hace,
quién sabe,
si tengo más grietas a cada abrazo.


Duele,
aunque seas como un libro;
duele.

Duele cuando dices
que delira mi demencia
y dejas de lado
mis desmedidas desmesuras.

No quieres mis quimeras
quemadas de querellas.
Y quedo tan inquieta;
y te quejas de que me quiebre.


Pero yo no quiero rimas,
ni vocablos que me distraigan
con palabras vacías
que nunca fueron nada para ti.

Estoy pasándome la eternidad
entre tus muñecas y mis lágrimas,
suplicándote que llames a la puerta
si es que piensas volver.

No porque te oculte nada,
sino porque tengo el pecho frágil
desde que oteo los atardeceres
y respiro el aire más puro.


Ahora depende de ti el desenlace de la fábula,
te regalaré mi alma de nuevo si matas a la mariposa;
como vuelva a batir las alas
ni la poesía podrá recomponernos.

El tiempo que te he pensado.

En el tiempo que te he pensado,
pude leerme una novela
que me enseñara paso a paso
cómo dejar de enamorarme

Serían mil páginas sin hablarte
y una cantidad de horas
sin más sentido que sobrevivir,
pensando solo en respirar.


¿Como puedes decir que no te amo?
Si se me pasa el tiempo en un susurro
cada vez que te veo sonreír;
aunque no ocurra tanto.

Si me caigo de rodillas derrotado
cada vez que me dedicas un momento.
Tanta bravuconería que tengo
y me derrito con un "te quiero".


Quizá no sea el que más te merece,
no soy un amante modelo,
será por eso que no me esfuerzo
o quizá por falta de esperanza.

Respecto a lo que siento
solo guardatelo en las manos
hasta que un día lo necesites;
ha no tengo más prisa.


Yo estaré aquí,
esperando como siempre.
Mirando atento a tus ojos
para que no los cierres.

Rezándole a la estatua y no a la diosa,
olvidé lo que significaba
caminar hacia la redención
sin pedir perdón por creer en mí.



Sigo pensando que el Palacio podría hacerse de oro con ciertas obras de artes.
Gracias de nuevo, monumento misterioso.

Era un cadáver caliente.

Hoy la reconocí en el atardecer,
en el sol que se ocultaba 
que antes de que me diera cuenta 
ya había desaparecido.



Y lloré sin lágrimas y grité sin fuerzas;
y vi que era igual,

que era un cadáver caliente 
por lo que lloraba.



Por el hueco entre las sábanas,
por el hueco en la tarde.
Y en el reloj... Y en mi cama... 
Y el que había entre mis labios.




Gracias al Palacio
tengo un poema que está más centrado que yo en estos momentos.
Así como Diego Ojeda:

Nunca quiero que te vayas


y no quiero que te vayas nunca.

Que estoy dispuesta a clavarme tallos de girasoles muertos en los ojos, solo para sentirte mejor. Y eso de las cuencas vacías era una excusa que se desmentía a base de lágrimas.

Lo que no sabes aún es que llevo cuatro primaveras escribiendo por algo así, esperando una oportunidad, recogiendo los jazmines secos que dejó la mayoría de edad.


Que nunca quiero que te vayas y no quiero que te vayas nunca.


Que todo lo que necesito de mí es a ti respirando; y el asesino con el puñal en la mano. Caliéntalo en mi pecho. No mires tras la butaca, que Cortázar tiene una sorpresa para nosotros.

Sabes que con la niebla en los ojos, estamos conteniendo otro millar de lágrimas que no esperan ser comprendidas. No quiero que abandonemos algo que ya nos está abandonando a nosotros.


Que nunca quiero que te vayas y no quiero que te vayas nunca.


Y así te imagino a veces; con los iris agrietados y los lirios quemados por la ausencia de razones. Buscando un refugio para pasar el temporal. Me sigues respirando, aunque sea aire radiactivo.

Ojalá volver al Septiembre que nunca  debió irse dejándonos desamparados. Mira que somos testarudos. Dos luciérnagas a punto de apagarse que siguen bailando juntas.



Que nunca quiero que te vayas y no quiero que te vayas nunca.


Que me enseñaste a romperle las venas a la soledad y a cicatrizar las propias. Aún quiero que me devuelvas todas las caricias a las siete de la tarde.

Ahora enséñame a atarme los cordones, que tengo los dientes rotos de tropezarme con los miedos enredados. No puedo salvar un imposible que desea serlo.


Que nunca quiero que te vayas y no quiero que te vayas nunca.


Una última lectura, ya no te quitaré ni un segundo más del tiempo en que no estás viendo esto:


Recupérame de los escombros de Julio
pero recupérate antes de mis ataques.
Cuídate de romperme en dos
cuando tires de mi brazo.

Siéntate en una butaca los días pares
y mece la escopeta;
dispárame al pecho los impares
y discúlpate sin sentirlo.

Tráeme Marte entre tus manos
acunándole las lunas,
vive con la esperanza del que lleva muerto
más de una eternidad.

Recúerdame como tu chica Stalingrado
con mis temperaturas bajo cero,
aniquílame todos los nazis
que tengo escondidos en el pecho.

Y, por favor, recuerda también
cuando estés solo de noche,
abrazando trozos de tela y algodón 
con más sentimientos que cualquier poema;

que nunca quiero que te vayas y no quiero que te vayas nunca.


viernes, 14 de abril de 2017

El pozo de brea.

Ya estoy mordiéndome el labio otra vez;
otra vez muerto en el sofá
con una espina clavada en el estomago.
¿La saco o la dejo?
¿Me enveneno o me desangro?

Ya estoy pensando en tí otra vez,
no aprendo, siempre me duele
más que la vez anterior.
La piel es cada vez mas suave
y más insensible.

Quiero acariciarte, quiero tocarte,
quiero hundirme en un pozo de brea,
no volver a verte para poder soñar contigo;
y quizá ni con eso vuelva a ser feliz.

Me duele el estomago.
No sé que hacer.
Te miro a los ojos
u solo me veo a mi.

Quizá ahí no haya nada;
o no sea para mi.
¿Qué hago contigo?
No sé dónde meterme
con todos esos planes para dos.

Cada día pienso más y duermo menos;
o vivo menos y duermo más.
Puede que así se acabe,
aunque sea poco a poco,
aunque abrace la espina
hasta que me llegue al corazón.


La inspiración no me llega casi ni para agradecer todo al Palacio.